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Historia de una reforma que tardó 20 años en llegar

La mayoría de los vecinos y comerciantes de la Calle Conde Aranda todavía recuerdan el 1 de julio del 2003 como un día importante.

Al fin, después de dos décadas reivindicando la remodelación integral de esta avenida, las excavadoras de la empresa Mariano López Navarro entraban en la calzada para iniciar una reforma en la que se habían depositado cientos de esperanzas de mejora para el Casco Histórico. Se esperaba de esta remodelación que se convirtiese en un motor de reactivación económica, atrayendo a nuevos comerciantes y población joven a unas calles que, desde hacía una década, sufría un proceso de degradación imparable.

Sin embargo, los temores de la gente eran tan numerosos como sus ilusiones, puesto que el proyecto llevaba dos años paralizado en los despachos del Ayuntamiento de Zaragoza y no todo el mundo confiaba en que esta vez no apareciese una nueva traba administrativa, o un recorte presupuestario, o unas ruinas arqueológicas que impidiesen ejecutar el tan deseado proyecto.

Era el momento en el que el socialista Juan Alberto Belloch se estrenaba como alcalde de Zaragoza después de haber ganado las elecciones de mayo del 2003; la época inmediatamente posterior a la remodelación del Paseo de la Independencia, a la que seguiría una fiebre por la reforma de las grandes avenidas de la ciudad (Coso Alto, Plaza España, Avenida Cataluña en El Rabal, Fray Julián Garcés en Torrero, la Avenida San José…). Había dinero en las arcas municipales y también un nuevo equipo de gobierno PSOE-CHA con mucha prisa por cumplir con sus compromisos electorales y acometer las grandes obras que el Partido Popular había planificado en su mandato anterior, pero no había llegado a realizar.

En ese momento, la reforma de Conde Aranda se convirtió en un símbolo, porque a fuerza de repetirlo en los actos ciudadanos y a través de los medios de comunicación, el gobierno creyó de verdad que la recuperación urbanística de esta avenida iba a marcar un antes y un después en la historia del barrio de San Pablo. Pocos meses antes de que comenzasen las obras, en abril del 2003, un estudio realizado por la sociedad de tasación inmobiliaria Tecnitasa había puesto de manifiesto que los pisos más baratos de Zaragoza se encontraban entre las calles Madre Rafols y Conde Aranda, 25 donde el precio del metro cuadrado oscilaba entre los 720 y los 800 euros, frente a los 4.550 de la cercana Plaza de Aragón y el Paseo Independencia. Aquel proceso había que frenarlo.

Durante los cinco años que habían transcurrido desde que se puso en marcha el Plan Integral del Casco Histórico (PICH), el Partido Popular había saneado el entramado de pequeñas calles de San Pablo y Pignatelli, los dos barrios decadentes que flanqueaban Conde Aranda, pero hacía falta una intervención de mayor magnitud, que convenciese a los ciudadanos de que el Ayuntamiento estaba decidido a relanzar el Casco Histórico como foco neurálgico de la ciudad. Y para ello estaba el proyecto de Conde Aranda, con más de 5 millones de euros de coste y diez meses de ejecución. era, después de la remodelación de Independencia, la reforma más ambiciosa de aquella década.

El proyecto constituía todo un desafío. Fundamentalmente por su magnitud.

Inicialmente se fijó en doce meses el tiempo necesario para ejecutarlo, pero la empresa contratista se comprometió a acabarlo en diez. Aún así, diez meses de cortes de tráfico y obras, después del ejemplo fallido de Independencia (donde después de levantar la calzada no pudo construirse el tan esperado aparcamiento subterráneo porque aparecieron restos musulmanes en el subsuelo), era demasiado tiempo para mantener contentos a vecinos y comerciantes. Sobre todo a estos últimos, que habían impulsado la reforma, pero estaban al mismo tiempo molestos porque se había desechado la construcción de un aparcamiento en altura para poder facilitar la llegada de visitantes a la zona.

En este clima, llegó el 1 de julio y Conde Aranda se cortó al tráfico para que las máquinas pesadas pudiesen empezar a trabajar. Durante aquel verano, junto a las vallas de seguridad se concentraban diariamente decenas de vecinos y los propios comerciantes seguían con ilusión el transcurso de los trabajos. Había comunicación con el Ayuntamiento y el movimiento vecinal colaboraba activamente hasta en el menor detalle de la obra. tanto es así que el entonces Teniente de Alcalde de Infraestructuras, Ricardo Berdié, convocó a los representantes de varios colectivos para elegir las baldosas que recubrirían las aceras. Se hizo la prueba en plena calle, con distintos tipos de pavimento, como si de reformar los baños de sus casas se tratase. sin embargo, conforme los trabajos avanzaban en el tiempo y llegaba el invierno, las críticas comenzaron a aflorar.

En seis meses de obras, los pequeños comercios empezaban a resentirse y el temor a que la campaña de navidad no les permitiese cubrir los gastos mínimos de sus negocios acrecentaba ese enojo. Según manifestaban los autónomos, las ventas llegaron a caer entre un 30 y un 50% en aquel invierno por las dificultades de acceso a la avenida que entrañaban los andamios y las zanjas. La escasa luz de Conde Aranda durante las obras, junto con la presencia de vallas que dificultaban el acceso a la Policía, hicieron que los ladrones y las personas dedicadas al trapicheo saliesen de las calles de San Pablo y Pignatelli para desarrollar su actividad a plena luz del día en la gran avenida. Fue entonces cuando se comenzó a asumir en el barrio que los problemas de degradación de la calle no desaparecerían con esta reforma, mientras no se interviniese también en los viales paralelos: Miguel de Ara y sus prostíbulos, la calle Agustina de Aragón con sus edificios en ruinas (poco tiempo después se desplomaría un bloque y lo mismo sucedería años después con un tejado de la calle Pignatelli)…

Este aumento de la inseguridad generó una psicosis en los vecinos, hosteleros y comerciantes que llegó a poner en peligro el diseño de la plaza del Portillo, último tramo del proyecto. Los arquitectos habían ideado una plaza ajardinada con un muro perimetral que aislase a los peatones de los coches. el césped se asentaba en ese murete, descendiendo en una ligera pendiente para poder dotar de zona verde esta avenida tan saturada de tráfico. Sin embargo, los vecinos vieron en esa elevación de ladrillo y césped una fórmula de favorecer que drogadictos y personas de mal vivir se concentrasen en la plaza, atraídos por la discreción del lugar. Temían que la plaza se convirtiese en un foco de degradación. Aún así, pese a sus quejas, el Ayuntamiento mantuvo el diseño original, puesto que la Plaza del Portillo se ha convertido en uno de los puntos de mayor vida de la zona. Fue esa glorieta el espacio elegido para la gran fiesta que el Alcalde Juan Alberto Belloch celebró para inaugurar la reforma, que había ganado amplias aceras, una mediana ajardinada y decenas de palmeras. No se escatimó ni en música, ni en actuaciones callejeras, ni tampoco en la presencia de autoridades, puesto que hasta Conde Aranda llegó el mismo Presidente del Gobierno de Aaragón, Marcelino Iglesias, algo muy poco habitual. Tanto él como Belloch auguraron la llegada de un nuevo resurgir para el Casco Histórico y subrayaron que la reforma de esta avenida era solo el punto de partida de un ambicioso proyecto que englobaba San Pablo y Pignatelli (el entorno del Museo del Fuego y la plaza José María Forqué).

Cinco años después de aquel momento, solo San Pablo parece empezar a despertar tímidamente con la construcción de 82 viviendas de protección oficial, una gran plaza pública y un equipamiento cultural dedicado a la música que está llamado a convertirse en el principal atractivo de la zona. Sin embargo, al otro lado de la avenida, en el sector conocido como Pignatelli, continúa la inactividad pese a que el Museo del Fuego hace ya casi dos años que se encuentra remodelado. Sigue vacío, sin proyecto, esperando que alguien quiera darle vida.

Mientras no se impulsen esos espacios a ambos lados de conde aranda, no se logrará crear itinerarios lo suficientemente atractivos como para que los ciudadanos de todas partes de Zaragoza decidan adentrarse en esta zona del casco. Cuando esto se consiga, será cuando la remodelación millonaria de conde aranda cobre sentido pleno y cumpla el papel revitalizador para el que fue concebida.

Celia Soria
Periodista.

Guia Comercial Conde Aranda 1997 2017 XX Aniversario

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